Al
llegar a la Crucija vimos como la nieve había volado. La noche anterior la cota
se disparó, llovió y las laderas blancas se han resguardado en lo más alto del
Moncayo. Además, el viento, en este caso fagüeño, había hecho de las suyas,
tirando algunas tejas en el pueblo y un cable de la luz que tuvieron que venir
a asegurar los de eléctricas. Sin embargo, el aire no ha afectado a la nueva
parabólica que ha permitido acelerar la conexión a Internet en el refugio mediante
un nuevo satélite.
El
serrín que se acumulaba junto a Isuela también ha volado. Los maderistas han
cargado con toda la madera pero ya se ha adjudicado una nueva saca para este
año.
Banderas
de humo anunciaban que estos días había vida en el pueblo: Tomás, Vicente, Mari
Carmen, María Jesús, Teresas y sus respectivos Jesús, Miguel Ángel que nos
regaló unos calendarios en los que aparecen fotos suyas de Purujosa de los que
pronto hablaremos, etc. A ellos habría que sumar los distintos viajeros que
visitaron la cara oculta del Moncayo: Los cazadores que abatieron 4 jabalís,
los escaladores o unos senderistas que hicieron noche vivaquenado en el refugio
Cerrogordo.
El
domingo vino Andrés de Tarazona, al que no veía desde las Jornadas Micológicas
pero que lleva varias semanas subiendo. Se acercó primero a Calcena y aunque no
pudo celebrarse misa por falta de quórum, aprovechó para visitar el
impresionante patrimonio de la colegiata de Nuestra Señora de los Reyes. Luego subió con el Padre Francisco a Purujosa
y nos regaló una mata de muérdago que hemos colocado en la puerta de casa para
que proteja nuestro hogar siguiendo una vieja costumbre del Moncayo, como
contaba nuestra encantadora Rocio.
Y así,
pensando en el tajón de madera, en las futuras excursiones y demás asuntos
moncainos, transcurrió este fin de semana entre amigos.